jueves, 30 de mayo de 2013

Noches en China



Como los miles y miles de españoles, Fabiana buscaba un trabajo. Su búsqueda no era constante, ya que su necesidad de encontrar empleo y sentirse útil iba en función de su estado anímico.

Había días que  se sentía capaz de desempeñar cualquier oficio, con el nivel de complicación que fuera: se apuntaba a ofertas, que nada tenían que ver con sus estudios y conocimientos, incluso, se apuntaba en aquéllas dónde se pedía un nivel bilingüe de cualquier estrambótico idioma. También, en los días  que brillaba una luz cegadora, buscaba empleo en cualquier parte del mundo. Se veía a sí misma, sola, independiente y experimentando la vida como un parque temático.

Sin embargo, había días en los que chocaba de frente con la realidad, como cuando hacen estrellar a los coches, intencionadamente contra muros de hormigón, para valorar su seguridad. Era un choque corto y seco, lo que le hacía abrir los ojos, y sencillamente, era incapaz de visualizarse llevando a cabo cualquier rol laboral; por más que lo intentara, una voz dentro de ella le decía, “no te engañes, cuando no puedas disimular más tu incompetencia, te pillarán como a un mentiroso”.

Cuando tenía mucha ansiedad, no era como su madre, de levantarse a las 3 de la mañana para limpiar la casa, sino todo lo contrario, interiormente era una olla a presión, sentía que en cualquier momento estallaría, tenía incluso la sensación que si movía su cuerpo un sólo milímetro, se partiría en dos.
 
Dentro de ella se batía una guerra sin precedentes, donde las emociones luchaban entre ellas sin frenesí. Se trataba de una guerra sin ganadores y el resultado era un cuerpo joven, demacrándose por dentro y gris-amarillento por fuera, como si de un cuerpo lleno de heridas invisibles intentando sobrevivir de camino al hospital, se tratase; para ello tomaba las drogas legales que le recetaba su psiquiatra y así, evitar una posible infección de ineptitud.


Odiaba tener que tomar drogas, a no ser que se tratara de un tipo de droga, que como ella, crecía, cuanta más vitaminas y luz recibía.

Tenía que tomarse las pastillas a las horas estipuladas por su médico, pero era incapaz de tomárselas correctamente: - menos mal no se trataban de pastillas anticonceptivas, porque ya estaría embarazada del 3ero- pensaba ella.

No lo hacía premeditadamente, simplemente dentro de su ser, había descontrol, caos, guerra y hambruna. No tenía un horario fijo de rutinas, es más, el reloj de su cuerpo tenia puesta la hora de China o algo así, cuando en Mallorca era de día, en su reloj marcaban las 3 de la mañana y cuando era de noche, su reloj marcaba las 9 de la mañana.

Las noches en China eran muy ajetreadas. Sus neuronas se disponían ir al trabajo todas a la vez, como en la hora más punta de la avenida más céntrica de dicho país asiático. Disfrutaba de todo lo que leía, lo que veía, lo que pensaba y escribía. Se imaginaba fácilmente, donde ella quería, como un puzle en que cualquier pieza encaja con cualquier otra, sin perder el sentido.
 
Una gran lucidez habitaba su mente, lo que le permitía comprender ideas y pensamientos que de día se  convertían en restos de una noche de juerga.
 
 
 

 



 



 

 

 

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