Como los miles y miles de
españoles, Fabiana buscaba un trabajo. Su búsqueda no era constante, ya que su
necesidad de encontrar empleo y sentirse útil iba en función de su estado
anímico.
Había días que se sentía capaz de desempeñar cualquier
oficio, con el nivel de complicación que fuera: se apuntaba a ofertas, que nada
tenían que ver con sus estudios y conocimientos, incluso, se apuntaba en
aquéllas dónde se pedía un nivel bilingüe de cualquier estrambótico idioma. También,
en los días que brillaba una luz
cegadora, buscaba empleo en cualquier parte del mundo. Se veía a sí misma, sola,
independiente y experimentando la vida como un parque temático.
Sin embargo, había días
en los que chocaba de frente con la realidad, como cuando hacen estrellar a los
coches, intencionadamente contra muros de hormigón, para valorar su seguridad. Era
un choque corto y seco, lo que le hacía abrir los ojos, y sencillamente, era
incapaz de visualizarse llevando a cabo cualquier rol laboral; por más que lo
intentara, una voz dentro de ella le decía, “no te engañes, cuando no puedas
disimular más tu incompetencia, te pillarán como a un mentiroso”.
Cuando tenía mucha
ansiedad, no era como su madre, de levantarse a las 3 de la mañana para limpiar
la casa, sino todo lo contrario, interiormente era una olla a presión, sentía
que en cualquier momento estallaría, tenía incluso la sensación que si movía su
cuerpo un sólo milímetro, se partiría en dos.
Odiaba tener que tomar
drogas, a no ser que se tratara de un tipo de droga, que como ella, crecía,
cuanta más vitaminas y luz recibía.
Tenía que tomarse las
pastillas a las horas estipuladas por su médico, pero era incapaz de tomárselas
correctamente: - menos mal no se trataban de pastillas anticonceptivas, porque
ya estaría embarazada del 3ero- pensaba ella.
No lo hacía
premeditadamente, simplemente dentro de su ser, había descontrol, caos, guerra
y hambruna. No tenía un horario fijo de rutinas, es más, el reloj de su cuerpo
tenia puesta la hora de China o algo así, cuando en Mallorca era de día, en su
reloj marcaban las 3 de la mañana y cuando era de noche, su reloj marcaba las 9
de la mañana.
Las noches en China eran
muy ajetreadas. Sus neuronas se disponían ir al trabajo todas a la vez, como en
la hora más punta de la avenida más céntrica de dicho país asiático. Disfrutaba
de todo lo que leía, lo que veía, lo que pensaba y escribía. Se imaginaba fácilmente,
donde ella quería, como un puzle en que cualquier pieza encaja con cualquier
otra, sin perder el sentido.




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