martes, 28 de mayo de 2013

Buen porte


Pero cuando Fabiana percibía que él estaba triste o cuando veía un verdadero problema de ego, autoestima camuflada en soberbia, sentía cierta tristeza. Él centraba su bienestar y futuro absoluto con ella, lo que a ella le producía una sensación de ahogamiento.

Fabiana lo deseaba, se sentía afortunada cuando veía los ojos deseosos de mujeres frustradas con sus parejas o deseosas de un buen polvo. Si es que él tenía buena porte, como su abuelo.

Era un chico de casi metro 95 de estatura al que apodaban “el Irlandés”, ya que reunía las características propias de ello: de proporciones gruesas, que no por ello grueso, de musculatura fuerte y atlético, y aunque se podía adivinar que resultaba del esfuerzo físico realizado en el trabajo, no tenía nada que envidiar a los que se podían permitir ir a un gimnasio.

Era un chico de ojos verdes, un tanto saltones. A Fabiana le recordaban a los de los reptiles, con capacidad de moverlos de manera independiente. El pelo lo tenía castaño claro y rizado, solía recoger sus perfectos bucles en una goma, lo que le daba un aire un tanto sofisticado, sin tener en cuenta los tatuajes que adornaban sus brazos y piernas.

Tenía un cuello robusto, lo que le daba una impresión muy varonil. Su cara estaba poblada de una ligera barba que le aportaba, junto con la melena rizada, un aire muy nórdico e interesante, que a ella le gustaba mucho.

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