martes, 28 de mayo de 2013

"el Irlandés"


Mientras notaba el frescor húmedo de la noche pegarse en su cara, pensaba que porqué estaba haciendo lo que hacía. Porque salía de la comodidad de su diminuto estudio para ir a ver a un chico con la susceptibilidad de una mujer premenstrual.

 
Quería dejarlo. Se sentía encadenada. Y una de sus cadenas era él. Sentía la asfixia de su amor. Odiaba tenerlo pegado a su espalda cuando salían de fiesta o que le pidiera besos como un perro cuando mea para marcar territorio.

Ella aunque había estado con él 8 años, en su interior nunca había terminado de formalizar su relación. Cuando le preguntaban por su cuñada o suegros tenía que pensar 2 veces antes de contestar, consideraba que estaba con él, pero nunca consideró a su familia, por mucho que hubiera ido a su casa.

Pero cuando Fabiana percibía que él estaba triste o cuando veía un verdadero problema de ego, autoestima camuflada en soberbia, sentía cierta tristeza. Él centraba su bienestar y futuro absoluto con ella, lo que a ella le producía una sensación de ahogamiento.

Fabiana lo deseaba, se sentía afortunada cuando veía los ojos deseosos de mujeres frustradas con sus parejas o deseosas de un buen polvo. Si es que él tenía buena porte, como su abuelo.
 

 
Era un chico de casi metro 95 de estatura al que apodaban “el Irlandés”, ya que reunía las características propias de ello: de proporciones gruesas, que no por ello grueso, de musculatura fuerte y atlético, y aunque se podía adivinar que resultaba del esfuerzo físico realizado en el trabajo, no tenía nada que envidiar a los que se podían permitir ir a un gimnasio.

Era un chico de ojos verdes, un tanto saltones. A Fabiana le recordaban a los de los reptiles, con capacidad de moverlos de manera independiente. El pelo lo tenía castaño claro y rizado, solía recoger sus perfectos bucles en una goma, lo que le daba un aire un tanto sofisticado, sin tener en cuenta los tatuajes que adornaban sus brazos y piernas.

Tenía un cuello robusto, lo que le daba una impresión muy varonil. Su cara estaba poblada de una ligera barba que le aportaba, junto con la melena rizada, un aire muy nórdico e interesante, que a ella le gustaba mucho.

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