Mientras
notaba el frescor húmedo de la noche pegarse en su cara, pensaba que porqué
estaba haciendo lo que hacía. Porque salía de la comodidad de su diminuto
estudio para ir a ver a un chico con la susceptibilidad de una mujer premenstrual.
Quería
dejarlo. Se sentía encadenada. Y una de sus cadenas era él. Sentía la
asfixia de su amor. Odiaba tenerlo pegado a su espalda cuando salían de fiesta
o que le pidiera besos como un perro cuando mea para marcar territorio.
Ella
aunque había estado con él 8 años, en su interior nunca había terminado de
formalizar su relación. Cuando le preguntaban por su cuñada o suegros tenía que
pensar 2 veces antes de contestar, consideraba que estaba con él, pero nunca
consideró a su familia, por mucho que hubiera ido a su casa.
Pero
cuando Fabiana percibía que él estaba triste o cuando veía un verdadero
problema de ego, autoestima camuflada en soberbia, sentía cierta tristeza. Él centraba
su bienestar y futuro absoluto con ella, lo que a ella le producía una
sensación de ahogamiento.
Fabiana
lo deseaba, se sentía afortunada cuando veía los ojos deseosos de mujeres
frustradas con sus parejas o deseosas de un buen polvo. Si es que él tenía
buena porte, como su abuelo.
Era un
chico de casi metro 95 de estatura al que apodaban “el Irlandés”, ya que reunía
las características propias de ello: de proporciones gruesas, que no por ello
grueso, de musculatura fuerte y atlético, y aunque se podía adivinar que
resultaba del esfuerzo físico realizado en el trabajo, no tenía nada que
envidiar a los que se podían permitir ir a un gimnasio.
Era un
chico de ojos verdes, un tanto saltones. A Fabiana le recordaban a los de los
reptiles, con capacidad de moverlos de manera independiente. El pelo lo tenía
castaño claro y rizado, solía recoger sus perfectos bucles en una goma, lo que
le daba un aire un tanto sofisticado, sin tener en cuenta los tatuajes que
adornaban sus brazos y piernas.
Tenía
un cuello robusto, lo que le daba una impresión muy varonil. Su cara estaba
poblada de una ligera barba que le aportaba, junto con la melena rizada, un
aire muy nórdico e interesante, que a ella le gustaba mucho.


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