El tiempo que consiguió
mantener su abrazo, no pasó del segundo. Un segundo en el que agudizó sus 5
sentidos a la vez, para tomar todo de
ella y así hacer perdurar su recuerdo lo más nítidamente posible.
Fabiana se sentía desolada, notó como la docente la apartaba suavemente para poder seguir despidiéndose de los demás; ella hubiese permanecido protegida entre sus brazos y su mullido cuerpo cálido, hasta morir. La quería, verdaderamente la quería.
Fabiana esbozó una leve sonrisa. Ni siquiera
pudo abrir la boca para decir adiós para siempre. Tenía la impresión que si lo
hacía, le vomitaría encima una montaña de emociones.
Y así fue, como una vez más,
Fabiana había conocido a una mamá y la había vuelto a perder para siempre.
Se sentía deprimida,
malhumorada, triste…, nada ni nadie podía llenar su vacío. Pero ya se le pasaría,
pensaba ella, al final lo volvería a superar, después de tantos latigazos de
frustración durante toda su vida, de las heridas había emanado un grueso callo
protector.
La vida seguía y empujaba estrepitosamente
a Fabiana. Ya había sido arrollada un par de veces, pero la vida no la dejaba
en paz, siempre volvía a por ella para incordiarle con sus deberes. De manera
que cada vez se había visto obligada a levantarse con la sensación de haber
sido arrollada por un camión.

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